jueves, 30 de marzo de 2017

Sobre gomina y postureo

Existe una norma tácita en el ámbito laboral sueco que a mi parecer resulta bastante ventajosa y es relativa al código de vestimenta. Cuando empiezas a trabajar en una nueva oficina o te citan a una entrevista de trabajo, no es necesario que renueves tu armario ni desempolves tus mejores galas: te espera un ambiente más bien informal. Lo más habitual es que te quites los zapatos nada más entrar al recibidor y andes en calcetines como en tu casa, cada cual viste según su estilo y personalidad, algo que se percibe como natural. Esta pauta se aplica también a los cargos más altos, si tu jefa aparece en chándal en tu despacho, mejor disimula tu gesto de asombro. 

Por supuesto y como todo en la vida encontrarás excepciones, por ejemplo las personas que trabajan de cara al público o aquellas que promocionan determinadas marcas o productos. El domingo pasado fui a dar precisamente con una de estas raras situaciones en las que el canon se incumple. Resulta que el contrato de alquiler de nuestro piso finaliza dentro de unos meses y, dado lo difícil que es encontrar techo aquí como probablemente leerías algunas publicaciones atrás, decidimos prepararnos para considerar todas las opciones y asistimos a la visita de un piso en venta. 

Todo comienza reservando hora para ver el apartamento, hasta aquí nada nuevo. El intríngulis se manifiesta cuando llegas a la puerta del lugar en sí y da comienzo el ritual. Una buena cantidad de personajes tienen cita a la vez que tú, desde varias parejas hasta un chaval que se independiza y viene con su madre a ver el piso, pasando por algún que otro vecino que aprovecha para echar un vistazo y coger ideas de estilismo para su casa. ¿Tan bonito era como para inspirar a las masas? Bueno, más bien se trata de que, al vender un inmueble, uno de los servicios que contratas es una empresa que se encarga de dejar tu casa cual pisazo de revista. Completamente impecable y con una decoración exquisita. Hasta una macetita con albahaca fresca te colocan en la encimera de la cocina por el módico precio de unos dos mil euros -¡en total, no por la plantita!-. No es que sea obligatorio en sí, pero si se te ocurre obviar el tema tu anuncio será tachado de defectuoso y bajará radicalmente el número de personas interesadas. Todo el mundo encarga esta prestación para que, además, un fotógrafo profesional saque la mejor perspectiva posible de su morada. 

Pero vaya, volviendo al propio ritual, nos topamos con el oficiante. Un sujeto de pelo exageradamente engominado te da la bienvenida con un apretón de manos y se ofrece a resolver cualquier duda respecto al piso. Menudo traje. Semejante pinta. A partir de ahí los potenciales compradores pasean a sus anchas y examinan el entorno. A su disposición, pequeñas revistas que se pueden llevar a casa con la información del piso y fotografías tan pomposamente retocadas que hay que esforzarse para reconocer las habitaciones que te encuentras inspeccionando. Así cuentas con los datos de contacto y te lo puedes pensar en casa tranquilamente, ¿verdad? Sí, considera el tema apaciblemente durante cuarenta y ocho horas, que es cuando comienza la subasta. En caso de que durante la visita el piso te interese, rellenas una ficha con tus datos para entrar en la siguiente fase, de manera que podrás pujar partiendo del precio de salida. ¿Divertido? No tiene desperdicio.




Como intuiréis, mi pareja y yo decidimos no seguir con el proceso de lucha por el apartamento, aunque nadie niega que fuese una mañana bastante entretenida. Lo curioso de adquirir una vivienda en este país es que no sólo debes tener en cuenta el precio final del piso junto con los intereses de la hipoteca, sino también los gastos de comunidad. Comprar un inmueble equivale a comprar un derecho a residir en ese lugar, de modo que el propietario final o responsable en última instancia es una empresa inmobiliaria. Por ello, el importe comunitario que te comento supone pagar mensualmente tu membresía dentro de la empresa correspondiente, que se encarga de garantizar agua, calefacción y mantenimiento. Este desembolso suele rondar los trescientos euros y supone una atadura económica hasta el final de los tiempos. 

En fin, haremos lo posible por llegar a buen puerto el próximo otoño, residencialmente hablando.


jueves, 23 de marzo de 2017

El derecho a la naturaleza

El equinoccio de primavera ha llegado con fuerza este año alegrándome las mañanas nórdicas. Esa luz que se ha ido manifestando con cuentagotas durante los últimos meses lleva toda esta semana inundando la ciudad. Imagino que estaría esperando pacientemente el comienzo oficial de esta dulce estación. La verdad es que se agradece de corazón y la gente se echa a las calles como despertando de un prolongado letargo. 

Con el gusto que le he cogido a pasear por el bosque entre árboles frondosos y ardillas, no veo el momento de poder disfrutar de ello dejando el abrigo de invierno en el armario. Cuando la temperatura permita comer en el césped y tumbarse a la bartola, ya ni te cuento. De hecho, una de las costumbres suecas que tengo pendiente de experimentar es la de comprar una parrilla desechable en el supermercado y montar una buena merendola campestre. Me resulta curioso lo popular que es esta práctica y lo poco que perjudica el paisaje natural. La gente queda, monta su barbacoa provisional y, posteriormente, deposita los restos en las papeleras especiales dedicadas a ello en los parques. 

Aunque suene a sentido común, desgraciadamente los campos no suelen estar tan limpios en otros países, razón por la que la fama sueca en este caso me parece justificada. Dicho respeto por la naturaleza se ve reflejado, por ejemplo en el Allemansrätt, una interesante normativa propia de algunos países escandinavos que hace referencia al derecho de toda persona a disfrutar de los espacios naturales abiertos. No se refiere necesariamente a un parque natural o reserva protegida, sino que incluye cualquier terreno al aire libre. Por un lado, defiende la posibilidad de acampar, pasear o coger bayas; mientras que por el otro requiere la obligación de preservar la flora y fauna de estas áreas. Un equilibrio razonable, al menos en la teoría.

Lo mejor del caso es que no hace falta ir nada lejos para descubrir dichas zonas naturales. A las afueras de la ciudad hay un lago precioso al que fuimos a pasar algunos días el verano pasado y se ha convertido en una de mis favoritas. Los días más calurosos está lleno de familias y grupos de amigos que chapotean e incluso se bañan en la orilla. Para mí ese agua estaba peor que gélida pero, ya se sabe, todo es relativo. Me atraía más la idea de probar a ir en canoa porque, aun habiendo vivido siempre cerca de ríos y mar, nunca me había animado a darle una oportunidad a este deporte. A la derecha ves una foto que tomé en uno de los descansos.

Otro de los entornos a los que me he aficionado está detrás de casa. Tengo la suerte de situarme al lado de un parque con una pequeña montaña desde donde se ve prácticamente toda la ciudad. Al principio me chocaba este concepto de parque, ya que comparándolo con los parques municipales a los que estaba acostumbrada este me da la impresión de auténtico bosque, un oasis urbano. Se llama Keillers park y corresponde a la imagen inferior.

¡Ojalá duren estos días soleados!





jueves, 16 de marzo de 2017

Encantadores jardines urbanos

Le estamos cogiendo el gusto a esto de escaparnos algún que otro finde  a explorar las inmediaciones de nuestro nuevo hogar, así que a finales de la semana pasada fue el turno de Malmö, la tercera ciudad más grande de Suecia 

El viernes después de comer pusimos rumbo al sur sin desmesuradas expectativas ya que, aún tratándose de una de las poblaciones más famosas del país, éramos conscientes de que aquí las ciudades no suelen contar con tantos atractivos históricos en comparación con una buena parte de las europeas, además de que acostumbran a ser de menor tamaño. Fuera precisamente a raíz de ello o no, nos llevamos una impresión de lo más agradable. Los principales puntos de interés malmoguienses se encuentran concentrados cerca del centro o en el propio casco antiguo, cosa que facilita el llegar a pie a todas partes. Malmö es una localidad esencialmente marítima y desde sus orígenes se ha desarrollado orientada al agua, tendencia que se percibe paseando por el muelle. Una de sus particularidades más llamativas es que conserva edificios relativamente antiguos, característica que no abunda en otros municipios suecos, y manifiestan un estilo nórdico muy acogedor. Si a ello le sumamos las sobrias iglesias en piedra, alguna que otra escultura abstracta y el célebre rascacielos Turning Torso, la ciudad nos ofrece un panorama arquitectónico bien peculiar.  




También debo admitir que tuvimos una suerte descomunal con el tiempo. Aunque las horas de luz han ido aumentando desde mediados de febrero, por cada día soleado tienes diez nublados. De hecho, si no me fallan los cálculos, el sábado pasado fue el primer día del mes de marzo que pude disfrutar el contacto del sol en mi piel directamente. Por supuesto seguía haciendo un frío considerable, pero con unos suaves rayos de sol todo se lleva mejor. Así, recorrer las amplias calles de la ciudad y sentarse en la playa de Ribersborg daba un gustazo estupendo. La orilla estaba llena de gente paseando perretes y disfrutando de la vista del horizonte, donde me dio la sensación de distinguir tanto el puente que conecta con Dinamarca como la silueta del país vecino. 

Por otro lado, si algo destaco hasta ahora como uno de los detalles que más me gustan de las ciudades suecas son las abundantes zonas verdes. Están por todos los rincones y Malmö no supone una excepción. En su caso, una considerable parte de los parques son ni más ni menos que cementerios. Es algo que da qué pensar ya que, al menos hasta donde yo conozco la cultura española -incluso diría peninsular en general-, a un cementerio vas cuando se muere alguien o lógicamente asuntos relacionados con ello, pero no como excursión de disfrute. Vamos, en cualquier caso, no he visto hasta día de hoy a nadie hacer pícnic en dichos lugares, fenómeno que por el contrario aquí si se da.




De este modo, repartidos por el núcleo de la ciudad hay más de un recinto bien cuidado y presentado como jardín-cementerio, donde ves papás paseando a sus bebés en carrito, parejas tomando la fresca o niñas correteando. El que encuentras destacado en el mapa dirigido a turistas es el fotografiado aquí arriba, conocido como "el antiguo". Sin embargo, callejeando por uno de los barrios residenciales cercanos al centro fuimos a parar a uno enorme, que en cierta manera evocaba una atmósfera bucólica con simpáticos conejos saltando por la hierba en libertad.

Todos los que he visitado hasta ahora, incluyendo los de mi ciudad, parecen estar cuidadosamente planificados no sólo respecto a distribución del espacio sinó también cuanto a flora. Nunca faltan alegres florecillas en tonos amarillos y blancos, que dan vida al manto verde sin quitar protagonismo a las sencillas tumbas. Desde mi inevitable perspectiva de historiadora del arte dichos paseos adquieren un matiz fascinante, ya que disfruto fantaseando sobre cómo eran las vidas de aquellas personas que llevan ahí enterradas desde inicios del 1800. Del mismo modo, es curioso observar las esculturas que acompañan las tumbas menos austeras, mientras que otras siguen una sencilla tendencia fruto de la fe protestante de sus inquilinos.


jueves, 9 de marzo de 2017

Momento fika

Imposible retrasar más el momento de hablaros sobre aquella costumbre que urge comprender una vez llegas a Suecia: sí, ha llegado la hora del fika. Una vez empiezas a integrarte en la sociedad, surgirá ese instante en que alguien te propone tomar fika, ya sea en ámbito laboral, de ocio o, de hecho, en cualquier otro contexto. 

Pero, ¿qué clase de invitación es esta, qué supone, cómo actuar? Me place comunicarte que, en principio, no existe necesidad alguna de alarmarse. Se trata del método estándar escandinavo de socialización y, siguiendo este modo de proceder, aumentarán las probabilidades de entablar una amistad o una adecuada relación con tus colegas en el ámbito laboral, por ejemplo. Pongamos por caso que asistes a un curso de idioma y te apetece plantear un plan a los compis fuera del aula: propones fika. O que te acaban de contratar y tu jefa te cita a una primera reunión informal: propondrá fika. El vecino con el que coincides en el tvättstuga aparenta ser una persona abierta y amigable: proponle fika. 

Este formato de socialización es muy popular aquí y te abre las puertas de consolidar vínculos con otras personas de una manera aceptada y que inspire confianza. Quedas en una cafetería y se toma café con pastas y dulces. Quien, como yo, sea amante de té tendrá opción sin problema, aunque según las estadísticas este país es uno de los principales consumidores de café del planeta. Así pues, si quieres tomar fika auténticamente, será café con kanelbullar y chokladbollar. En el caso del trabajo, no hay oficina donde falte la pausa para fika que, en algunos casos, hace función de reunión de equipo una vez por semana.


*Comiéndome el chokladboll que me trajo una compañera de clase por su cumpleaños o, resumido en una palabra, fikapaus.









Ten en cuenta que, si bien en tu cultura puede resultar habitual invitar a tomar algo a casa u otro plan a una persona que tan solo es conocida, aquí darías pie a una situación de lo más incómoda. Si tu intención es causar una buena impresión, mejor ahórrate esta oferta para más adelante, cuando ya lleves unos cuántos fikor y te cerciores de que esa persona está interesada en invertir su tiempo en una amistad contigo. ¡Has leído bien! Buena suerte con ello, no es tarea fácil.  

A la hora de usar esta palabra, recuerda que dispones de ella en dos opciones. Por un lado existe como verbo vi fikar idag = hoy "fiqueamos", hacemos fika, tomamos un café con pastas. O bien como sustantivo vi tar en fika idag = tomamos un fika hoy**. 

Para acabar os dejo con una divertida canción que se oye mucho últimamente y trata, cómo no, del adorado fika. Es en inglés y el vídeo tiene subtítulos.






**Escribo "un" a falta de artículo neutro en castellano, pero apunto que en realidad no existen géneros en sueco así que la palabra no sería ni masculina ni femenina. 

jueves, 2 de marzo de 2017

Alkoholfri

Es curioso aquel momento en que, mientras organizas una pequeña cena en casa con amigos, te planteas qué ofrecerles para beber. "¿Qué tal una botella de vino? Cuando pase por el supermercado a por el resto de ingredientes echo un vistazo a ver qué tienen." Nada más lejos de la realidad, si tú intención es consumir alcohol fuera de un bar, mejor empieza a organizarte. Adoptar el hábito de la planificación sueca se vuelve entonces imprescindible, dado que la venta de bebidas alcohólicas está restringida a una sola cadena de tiendas autorizadas por el estado. Ningún comercio opta a vender esta clase de producto a excepción de algunas cervezas de baja graduación que se pueden encontrar en los supermercados convencionales. 

Dicho establecimiento se denomina Systembolaget y puede encontrarse en la mayoría de los municipios. Eso sí, con un horario considerablemente limitado. La espontaneidad que surge un domingo a mediodía en el que te entran ganas de acompañar la comida y su correspondiente sobremesa con una copa desaparece por completo. Haberlo pensado antes, ahora ya es demasiado tarde, colega. Aunque sea bastante común que las tiendas en Suecia abran varias horas los domingos, el Systembolag no cuenta con semejante privilegio. Entre semana dispone de un horario que coincide con el de muchas oficinas, cosa que complica el ir a comprar. Te queda la opción de aprovechar un descanso en el trabajo o sacar unos minutos de tu pausa para la comida y acercarte. Si lo dejas para el sábado, no te despistes, abre en horario reducido de diez a tres.

¿Por qué tanta complicación? Pues la aventura sigue cuando decides ir a ver la famosa tienda personalmente. Cada una de las veces que hemos ido, nos piden la identificación para comprobar que tenemos edad suficiente, pero...¿no eran veinte años? Resulta que, según la ley, los dependientes están obligados a pedir el carnet tanto a la persona que compra como a sus acompañantes si les parece que no superan los veintiséis. No me preguntes la lógica de dicha normativa, pero así nos lo aclaró un amigo sueco. Por otro lado es interesante saber que, en realidad, a partir de los dieciocho años se puede consumir alcohol bares o restaurantes, pero no comprar en Systembolaget

Como guinda del pastel os diré que el día que entré a su correspondiente página web me dio mucha risa: antes de nada debes pulsar un botoncito en el que aseguras que tienes veinte años o más. Vamos a ver, en caso de ser menor, ¿de qué manera iban a comprobarlo? Coherencia humana en todo su esplendor. En la imagen de aquí abajo podéis leerlo directamente.



Desde luego en esta cultura la relación con el alcohol es bastante diferente a la mentalidad mediterránea. Si yo entiendo el beber como un acto social, gastronómico o de disfrute ocasional, aquí me encuentro otra historia. Beber entre semana está generalmente mal visto. Una copa de vino con la comida de mediodía, algo raro. Ahora bien, cuando llega el viernes noche las masas se transforman. Las personas que entre semana se muestran silenciosas y retraídas hablan a voces en la puerta de un bar. Las cenas de empresa están llenas de personajes extremadamente borrachos por los suelos. Quien no tiene con quien salir, se queda solitariamente en casa y toma litros de cerveza cual agua del grifo. Menudo paisaje de metamorfosis. El evaluar qué opción resulta más saludable, lo dejo a vuestra elección.

Comentando mis impresiones con uno de mis últimos profesores de sueco, me dio una explicación histórica a la restricción de venta de dichas bebidas. Me explicaba que, a inicios del siglo veinte, Suecia era un país muy diferente al panorama actual. Una de las problemáticas sociales más graves era precisamente la alta tasa de alcoholismo entre la población. Al parecer, algunos capataces llegaban a pagar sueldos enteros a base de su equivalente en bebida. Y es que una gran parte de los ciudadanos vivían en pobreza y precarias condiciones, así que se refugiaban en el consumo de alcohol para sobrellevar dicha situación, especialmente durante los duros inviernos que padecían.

Esperemos, entonces, que estas medidas contribuyan al bienestar común. Por mi parte puedo decir que ayer asistí a una inauguración en uno de mis centros de arte favoritos y tanto el vino como la cerveza eran analcohólicos. Esto, junto con unas patatuelas, formaban un piscolabis de lo más políticamente correcto que nos permitió estar bien atentas a las elucubraciones del artista.