jueves, 9 de febrero de 2017

Cruzando el puente Øresund

Una de las ventajas de vivir en el sudoeste de Suecia es lo bien comunicada que está la zona con algunos países vecinos, por lo que se convierte un pecado casi capital desaprovechar la oportunidad de visitarlos. Desde mi ciudad, Göteborg, hasta Copenhagen hay unas cuatro horas en tren o bus, de modo que el fin de semana pasado nos decidimos a explorar la metrópolis danesa.

Durante los días que pasamos en esta ciudad tuve una sensación inesperada: fue como volver a Europa. Y es que hasta este momento no había notado como me he ido acostumbrando al estilo sueco, en cuanto a estética y entorno urbano se refiere. Supongo que al verlo todos los días, mis ojos lo han ido integrando paulatinamente, de forma inconsciente. Lo definiría como uniforme, sutil, moderado, lineal, ordenado. Cierto es que en el centro de las ciudades hay edificios con un toque especial o relativa antigüedad, pero predomina una homogeneidad que se acentúa en los barrios residenciales, donde las construcciones parecen seguir un patrón con escasas variaciones. 

Fue curiosa, pues, la sensación de sorpresa al pisar suelo danés y percibir esa variedad de colores, texturas, materiales, fachadas... Ese paisaje urbano fruto de los vaivenes históricos, de cómo a lo largo de diferentes épocas y su gusto artístico se han ido añadiendo piezas del puzzle que hoy en día forman la ciudad. Lo que me atrae de dicha heterogeneidad es cómo cada rincón o calle nos habla de su pasado a través del lenguaje visual. Esta atmósfera, a mi parecer, resulta similar a la estructura de muchas otras localidades europeas, sean capitales o poblaciones más pequeñas. Por ello y aún siendo ambos considerados países escandinavos, Dinamarca me inspiró un ambiente mucho más continental.

Otros rasgos diferenciadores que se manifiestan paseando por sus calles son el bullicio y la cantidad de gente que hay en todas partes. Muchas bicis, como no podía ser de otra manera, y personas bebiendo alcohol en el metro o tren como si nada -esto aquí es bastante distinto, el tema merece un post enterito en otra ocasión-. Precisamente íbamos en el tren urbano hacia nuestro siguiente destino cuando reparé en un detalle: la orientación de los asientos. Una cosa que me había llamado la atención al usar el tranvía sueco fue como varios de los asientos están dispuestos de forma escalonada para ahorrarte en la medida de lo posible el contacto con el usuario vecino. No es siempre así en los tranvías nuevos, pero sigue predominando la organización de asientos con pequeña separación individual agrupados de dos en dos. El contraste con el modelo danés se basa en que los vagones están repartidos en una especie de banco acolchado sin separación alguna entre las personas sentadas y cada banco se orienta en frente de otro, es decir, cara a cara. ¿Se trata de un rasgo de diseño banal o más bien un síntoma de las convenciones sociales de cada cultura? Da qué pensar. En cualquier caso, los bancos tipo sofá daban un toque de lo más acogedor y cómodo. 




Con esta foto que tomé os podéis hacer una idea de lo que describo sobre el tren urbano de Copenhagen. También se advierte el espacio que hay cada dos vagones o así dedicado a aparcar las bicis.



4 comentarios:

  1. Igual que en Zaragoza, que envidia me da

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  2. En algunos trenes españoles todavía conservan vagones con asientos enfrentados, quizás antes la gente conversaban más en los viajes. Hoy día tendemos más al individualismo

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  3. A veces las diferencias interculturales nos llaman la atención, es paradójico que personas tan afines y con una cultura tan próxima experimenten tales cambios. Es el maravilloso comportamiento humano y su diversidad lo que lo explican....

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