domingo, 25 de junio de 2017

Celebrando Midsommar

Después de algunas semanas de parón, vuelvo con mis aventuras suecas para hablaros de una de las tradiciones más populares del verano nórdico. Reconozco que dicho descanso de escritura internauta ha durado más de lo que me planteé al publicar la última actualización, pero la vida ocurre y pasa a una velocidad que, a veces, se nos escapa de las manos. Como imaginaréis, adaptarse a un nuevo trabajo, en un país diferente, en una recién aprendida lengua...requiere bastante tiempo. De ahora en adelante planeo seguir compartiendo mis historietas aunque, eso sí, con más baja frecuencia :)


Dicho esto, vayamos al grano: ¿qué está pasando esta semana en Suecia? Casi todo el mundo se encuentra disfrutando una fiesta que llevan preparando semanas, conocida como Midsommar. En cierto modo, cabe afirmar que se trata del equivalente a San Juan, celebrado la pasada noche del veintitrés al veinticuatro en muchas zonas del sur de Europa. En el caso sueco, la fecha numérica puede variar con tal de adaptarla al penúltimo viernes del mes de junio, de modo que durante el día y la noche se llevan a cabo las celebraciones y el sábado siguiente se considera festivo de descanso -lo que equivale a ciudad desierta y comercios cerrados-.  

Una gran parte de la población aprovecha este fin de semana para irse a su sommarstuga o cabaña de verano, unas casitas de madera y alegres colores que tienen en el campo. Allí se reúnen con familia y/o amistades para comer recetas veraniegas y muchas, muchas fresas. Durante el día del viernes se monta el midsommastång o majstång, una gran barra o palo de varios metros de altura que se decora con flores, telas de colores e incluso pequeñas banderitas suecas en numerosas ocasiones. Dicha construcción adquiere una forma de cruz latina con dos aros que cuelgan de cada uno de los extremos respectivamente. A su alrededor bailan y cantan los asistentes alegremente como podéis ver en un cortito vídeo clicando en este enlace

Quien se queda en al ciudad tiene la opción de acercarse a uno de los parques más grandes, donde el ayuntamiento o la asociación de jardines organiza la versión urbana del evento. Allí compras una corona de flores para llevarla sobre la cabeza y...¡a disfrutar de los cánticos folclóricos! Del famoso palo os dejo un par de fotografías que tomé ayer paseando por los jardines del centro de Göteborg. Era justo el día posterior a la celebración así que, como observáis, se respira paz y tranquilidad. 

Sobre el significado del festejo, se suele decir que corresponde a un ensalzamiento de la fertilidad. Coincidiendo con el solsticio de verano, se trata de un momento del año en que las flores y cosechas brotan en todo su esplendor, hay abundancia de alimentos y recursos, y hace relativo buen tiempo. El sol brilla y nos ofrece horas de luz desde las cuatro de la madrugada hasta las once de la noche. En este contexto, pues, se celebra desde la antigüedad esta exuberancia otorgada por la naturaleza con alegría y agradecimiento. Por su parte, el majstång o palo de flores vendría a simbolizar un falo, elemento clave en la fertilidad humana, de modo que concordaría con el resto. Parece ser, además, una de las tradiciones más antiguas de la cultura sueca ya registrada en tiempos vikingos, de las pocas que sobrevivió a la ocupación e influencia cristiana pese a ser considerada un ritual pagano. 

Hoy en día, la mayoría de la gente simplemente celebra la llegada del verano, una de las estaciones más agradables del año escandinavo en la que (¡por fin!) se puede hacer vida al aire libre. Comer y beber, tumbarse en la hierba y tomar el sol modula el carácter de las masas, para mejor. Eso sí, la parte de la tradición que nadie me había contado y tuve que descubrir en propia piel fue que suele llover este día casi cada año. Después de una semana calurosa -de dieciocho a veinte grados- y viendo el sol casi a diario -una suerte incomparable-, llega el esperado día y nos cae el diluvio universal. Así que tendré que esperar hasta el verano que viene a ver si consigo cantar sin mojarme demasiado!



jueves, 27 de abril de 2017

El alma de los bosques

Imaginaos el típico paisaje natural sueco. ¿Qué animales encajan en él? Probablemente la mayoría habréis visualizado un alce o reno de forma prácticamente automática. Desde luego, estos mamíferos se podrían considerar un símbolo nacional. Cuando entras a una tienda de souvenirs, encuentras llaveros, camisetas y todo tipo de objetos representando este animalillo tan común en los países nórdicos. 

Guardianes de los bosques, solemne presencia, ágil caminar. Esta era la estampa que mi mente había definido antes de venir por estas tierras. Grandes alces que viven alejados de las poblaciones humanas, dominando su gélido territorio. Me preguntaba si tendría oportunidad de verlos alguna vez. La verdad es que mi idea no iba desencaminada, a excepción de la supuesta lejanía respecto a las ciudades. Resulta que una mañana, llega tarde una compañera a clase y nos dice "es que se habían metido dos alces en mi jardín y no podía sacar el coche". ¿Cómo? Sí. Pequeños problemas de la vida cotidiana por aquí. Se ve que si vives en los barrios más cercanos al bosque, donde una buena parte de los edificios son casas unifamiliares con jardín, hay bastantes probabilidades de que entren alces a catar los productos de tu huerto o -siempre y cuando parezcan apetitosas- tus flores. En el caso de mi compañera, la situación se presentaba complicada dado que la alce visitante era una mamá con un pequeño, con lo que intentarlos echar o acercarse a la cría para apartarla del coche hubiese supuesto un considerable riesgo (naturalmente, una madre hace cualquier cosa si percibe que su bebé está en peligro).

Anécdotas por el estilo resultan habituales en la zona del norte, donde abundan los pueblos y casas de campo. Más allá de quedarte sin flores o calabacines no hay mayor inconveniente, a no ser que tengas un manzano. Ojo con ello. Al ser rumiantes, cuando ingieren esta fruta se produce una especie de fermentación en su estómago que les induce borrachera. En tales circunstancias, nadie responde de sus actos. El simpático y tranquilo personaje se vuelve torpe, mareado, y su desorientación le lleva a lugares inimaginables. Hace unos años, apareció de madrugada un alce en Götaplasten, una de las plazas más céntricas de Göteborg. El vecino que lo vio llamó a la policía asegurando que no estaba loco, que realmente había un alce enorme y asustado en medio de la plaza. Se trata de un lugar lleno de coches, edificios y gente haciendo ruido al que un alce nunca iría por voluntad propia, pero había acabado allí por actuar bajo los efectos de la manzana. 




Yo ese día no vivía todavía aquí, así que para ver uno tengo la opción de pasear por una reserva natural o adentrarme en el bosque. El mes pasado tuve oportunidad de ver algunos de estos majestuosos animales y me sorprendió que no tuvieran cornamenta. ¿Acaso se trataba de alces jóvenes? No puede ser, eran gigantescos. Más tarde leí que es cíclica, dato curioso. Resulta que cada año les crece una cornamenta nueva siguiendo el ritmo de las estaciones del año, de forma que en invierno la pierden y en primavera vuelve a nacer. La lógica parece responder a sus necesidades, ya que no la usan por igual en las diferentes épocas del año. Misterio resuelto. ¡Cuántas cosas por descubrir del mundo en que vivimos!


jueves, 20 de abril de 2017

Plumas primaverales

Hace un par de semanas, se empezaron a decorar las calles de Göteborg con finas ramitas marronáceas y llamativas plumas de colores, dando un toque especial a decenas de rincones. Van inundando el paisaje y nadie desaprovecha la ocasión de unirse a la celebración de la llegada de la primavera: tiendas, bancos, salas de espera, casas particulares... 

Y es que, mientras en la península Ibérica se festeja la Semana Santa a golpe de tambor y procesiones, el ambiente nórdico profesa un estilo bien diferente. Aunque los días festivos también corresponden al calendario religioso, las tradiciones más populares tienen un carácter alegre y distendido. De hecho, me da la impresión de que mantienen cierta conexión con aquellos rituales ancestrales que homenajeaban la explosión de la primavera y su vivacidad de colores. Muchas flores vuelven a deleitarnos la vista y el olfato después de los meses de letargo, el sol nos visita cada vez más a menudo, la nieve va desapareciendo y los cantos de los pájaros ganan espacio en los parques y bosques.

Los habituales ramos de tronquitos y plumas pueden ser de diferentes tamaños y del color que cada cual prefiera, como se aprecia en las fotografías que tomé en el barrio de Haga. Respecto al material, algunas plumas son reales pero, por suerte, cada vez más personas optan por la opción sintética. Proporcionan el mismo efecto estético y de duración, con la ventaja de no herir a ningún ave para ello. La tendencia ha llegado a tal punto que un grupo de ciudadanos ha llevado este año al ayuntamiento una propuesta para establecer legalmente que todas las decoraciones de responsabilidad pública utilicen materiales alternativos sintéticos. Esperemos que la votación de sus frutos y de cara al futuro se aplique esta opción más ética.

Como veis, hay quien elige combinar varios colores, mientras que otra gente incorpora diversas tonalidades de una misma gama.

El segundo leitmotiv de estas fiestas son los huevos, que también se encuentran por doquier en todas sus variantes imaginables. La verdad es que da gusto visitar una tienda de manualidades o cualquier papelería en estas fechas y observar la cantidad de moldes, complementos y detalles de que disponen para crear tu propia versión. Infinidad de tamaños, texturas, tonos, materiales. ¡No hay excusa que valga! Los más pequeños suelen experimentar con ello en el cole durante los días antes de las vacaciones. Luego llega la parte más divertida, ya que es costumbre esconder varios huevos con sorpresa en el jardín de casa y que los niños pasen el día de Pascua jugando a buscarlos. Esta tradición posiblemente os suene por ser típica de otras sociedades, dado que comparte popularidad en varios países germánicos. 













Estas dos versiones en tonos morados y azules me gustaron especialmente.

Más allá de estas muestras tan cucas, hay comercios y supermercados que convierten la decoración de Pascua en una obsesión. Me refiero, por ejemplo, a ir a por la compra de la semana al supermecado y toparte con cientos de objetos superfluos -comestibles o no- con colores y formas que imitan huevos o ramilletes. Alcanza un nivel extravagante en algunos casos y, para mi desgracia, debo admitir que caí en la trampa dulce de comprar uno de los postrecitos de temporada. Aquí abajo veis lo gracioso del aspecto, detalles y mini huevos de caramelo incluidos. Mi ilusión se desvaneció al anclarle el diente: nada de relleno de chocolate como esperaba. Sólo azúcar. El azúcar más agrio que he probado en años. Imagino que alguien habrá a quien le guste, pero para mí fue novatada absoluta. El año que viene me quedo con disfrutar de la decoración urbana y mi conocida tableta de chocolate.



jueves, 6 de abril de 2017

De särbos va la cosa

Definitivamente lo de casarse no se lleva en este país. Reflexionaba sobre esta cuestión el otro día, ya que en poco más de seis meses voy a asistir a dos bodas de amigos españoles mientras que aquí no es algo demasiado visible. Parece que en la cultura sueca este ritual pasó de moda hace algunas décadas. 

La sospecha rondaba en mi mente desde hacía semanas y, por lo visto, no se limita a la superficial impresión de una recién llegada. Según dos estudios llevados a cabo por la Universidad de Göteborg y Svenska Kyrkan*, la juventud sueca interpreta el matrimonio como un compromiso demasiado serio y de costes elevados. Las investigaciones se realizaron por separado por parte de cada entidad, entrevistando a parejas jóvenes con el consiguiente seguimiento de sus relaciones durante unos años. Los resultados sorprendieron al equipo de investigadores y ambas derivan en la misma conclusión: se prefiere tener hijos a casarse. En otras palabras, contraer matrimonio resulta arriesgado, mientras que tener descendencia con otra persona se entiende como asequible y sencillo. Hubo alguna declaración en concreto que me llamó la atención por frecuente, afirmando que "no estoy segura de que mi relación tenga futuro, pero dado que mi pareja podría ser buen padre, encuentro razonable tener un hijo con él y, después, siempre podemos separarnos". Este razonamiento se repetía bastante tanto en mujeres como hombres, en su mayoría parejas heterosexuales. 

Honestamente, debo decir que leer semejante afirmación choca con mi visión y expectativas sobre las relaciones de pareja. Desde mi perspectiva conlleva mucha más responsabilidad tener un bebé con otra persona que casarme con ella. Al fin y al cabo, aunque al pedirle matrimonio a alguien esperas una relación próspera y con futuro, siempre queda la posibilidad del divorcio en caso de que la situación se tuerza. Y adiós muy buenas. En cambio, lo que implican los hijos en común es un lazo fuerte e inevitable de por vida, cuidarlos en común hasta que sean independientes, custodia compartida, e incluso cumpleaños y otras celebraciones indefinidamente. No veo la opción de firmar un papel y desandar lo andado.

Imagino que se trata de una cuestión de prioridades, todo depende del filtro cultural con el que se mire. ¿Qué estructura familiar es la predominante en Suecia, entonces? Pues por un lado podemos ser sambo respecto a nuestra pareja, es decir, vivir juntos sin casarnos. La ley reconoce este tipo de unión e intuyo que es la más común, en numerosas ocasiones con hijos incluidos. A partir de aquí existen varias versiones de este modelo, como por ejemplo ser särbo: pareja estable de larga duración cuyos integrantes viven separados (de la expresión sueca i sär). Por lo que he oído, esta alternativa se suele dar en parejas de personas mayores en que un integrante o ambos están viudos y pueden tener ya hijos mayores, por lo que desean entablar una relación romántica sin renunciar a su independencia ni volver a formar un núcleo familiar de vivienda compartida. Eso sí, la palabra que se me quedó grabada entre todo este vocabulario familiar por el toque cómico fácil respecto a la lengua castellana es mambo: persona que todavía vive con su madre/padre, de las menos habituales.


Fotografía de Gustav Adolf kyrkan, iglesia en Borås. Cada vez menos personas optan por la ceremonia religiosa.

Como no podía ser menos, la ley acoge estas organizaciones familiares con el término könsneutral äktenskaplag, que viene a significar "relaciones neutras en términos de género". Toda persona tiene derecho a elegir casarse o vivir como sambo en las mismas condiciones, independientemente de su género u orientación sexual. 






* Artículos con información sobre los estudios en: Monika Åstrom. Språkporten 1,2,3. Studentlitteratur, 2012.

jueves, 30 de marzo de 2017

Sobre gomina y postureo

Existe una norma tácita en el ámbito laboral sueco que a mi parecer resulta bastante ventajosa y es relativa al código de vestimenta. Cuando empiezas a trabajar en una nueva oficina o te citan a una entrevista de trabajo, no es necesario que renueves tu armario ni desempolves tus mejores galas: te espera un ambiente más bien informal. Lo más habitual es que te quites los zapatos nada más entrar al recibidor y andes en calcetines como en tu casa, cada cual viste según su estilo y personalidad, algo que se percibe como natural. Esta pauta se aplica también a los cargos más altos, si tu jefa aparece en chándal en tu despacho, mejor disimula tu gesto de asombro. 

Por supuesto y como todo en la vida encontrarás excepciones, por ejemplo las personas que trabajan de cara al público o aquellas que promocionan determinadas marcas o productos. El domingo pasado fui a dar precisamente con una de estas raras situaciones en las que el canon se incumple. Resulta que el contrato de alquiler de nuestro piso finaliza dentro de unos meses y, dado lo difícil que es encontrar techo aquí como probablemente leerías algunas publicaciones atrás, decidimos prepararnos para considerar todas las opciones y asistimos a la visita de un piso en venta. 

Todo comienza reservando hora para ver el apartamento, hasta aquí nada nuevo. El intríngulis se manifiesta cuando llegas a la puerta del lugar en sí y da comienzo el ritual. Una buena cantidad de personajes tienen cita a la vez que tú, desde varias parejas hasta un chaval que se independiza y viene con su madre a ver el piso, pasando por algún que otro vecino que aprovecha para echar un vistazo y coger ideas de estilismo para su casa. ¿Tan bonito era como para inspirar a las masas? Bueno, más bien se trata de que, al vender un inmueble, uno de los servicios que contratas es una empresa que se encarga de dejar tu casa cual pisazo de revista. Completamente impecable y con una decoración exquisita. Hasta una macetita con albahaca fresca te colocan en la encimera de la cocina por el módico precio de unos dos mil euros -¡en total, no por la plantita!-. No es que sea obligatorio en sí, pero si se te ocurre obviar el tema tu anuncio será tachado de defectuoso y bajará radicalmente el número de personas interesadas. Todo el mundo encarga esta prestación para que, además, un fotógrafo profesional saque la mejor perspectiva posible de su morada. 

Pero vaya, volviendo al propio ritual, nos topamos con el oficiante. Un sujeto de pelo exageradamente engominado te da la bienvenida con un apretón de manos y se ofrece a resolver cualquier duda respecto al piso. Menudo traje. Semejante pinta. A partir de ahí los potenciales compradores pasean a sus anchas y examinan el entorno. A su disposición, pequeñas revistas que se pueden llevar a casa con la información del piso y fotografías tan pomposamente retocadas que hay que esforzarse para reconocer las habitaciones que te encuentras inspeccionando. Así cuentas con los datos de contacto y te lo puedes pensar en casa tranquilamente, ¿verdad? Sí, considera el tema apaciblemente durante cuarenta y ocho horas, que es cuando comienza la subasta. En caso de que durante la visita el piso te interese, rellenas una ficha con tus datos para entrar en la siguiente fase, de manera que podrás pujar partiendo del precio de salida. ¿Divertido? No tiene desperdicio.




Como intuiréis, mi pareja y yo decidimos no seguir con el proceso de lucha por el apartamento, aunque nadie niega que fuese una mañana bastante entretenida. Lo curioso de adquirir una vivienda en este país es que no sólo debes tener en cuenta el precio final del piso junto con los intereses de la hipoteca, sino también los gastos de comunidad. Comprar un inmueble equivale a comprar un derecho a residir en ese lugar, de modo que el propietario final o responsable en última instancia es una empresa inmobiliaria. Por ello, el importe comunitario que te comento supone pagar mensualmente tu membresía dentro de la empresa correspondiente, que se encarga de garantizar agua, calefacción y mantenimiento. Este desembolso suele rondar los trescientos euros y supone una atadura económica hasta el final de los tiempos. 

En fin, haremos lo posible por llegar a buen puerto el próximo otoño, residencialmente hablando.


jueves, 23 de marzo de 2017

El derecho a la naturaleza

El equinoccio de primavera ha llegado con fuerza este año alegrándome las mañanas nórdicas. Esa luz que se ha ido manifestando con cuentagotas durante los últimos meses lleva toda esta semana inundando la ciudad. Imagino que estaría esperando pacientemente el comienzo oficial de esta dulce estación. La verdad es que se agradece de corazón y la gente se echa a las calles como despertando de un prolongado letargo. 

Con el gusto que le he cogido a pasear por el bosque entre árboles frondosos y ardillas, no veo el momento de poder disfrutar de ello dejando el abrigo de invierno en el armario. Cuando la temperatura permita comer en el césped y tumbarse a la bartola, ya ni te cuento. De hecho, una de las costumbres suecas que tengo pendiente de experimentar es la de comprar una parrilla desechable en el supermercado y montar una buena merendola campestre. Me resulta curioso lo popular que es esta práctica y lo poco que perjudica el paisaje natural. La gente queda, monta su barbacoa provisional y, posteriormente, deposita los restos en las papeleras especiales dedicadas a ello en los parques. 

Aunque suene a sentido común, desgraciadamente los campos no suelen estar tan limpios en otros países, razón por la que la fama sueca en este caso me parece justificada. Dicho respeto por la naturaleza se ve reflejado, por ejemplo en el Allemansrätt, una interesante normativa propia de algunos países escandinavos que hace referencia al derecho de toda persona a disfrutar de los espacios naturales abiertos. No se refiere necesariamente a un parque natural o reserva protegida, sino que incluye cualquier terreno al aire libre. Por un lado, defiende la posibilidad de acampar, pasear o coger bayas; mientras que por el otro requiere la obligación de preservar la flora y fauna de estas áreas. Un equilibrio razonable, al menos en la teoría.

Lo mejor del caso es que no hace falta ir nada lejos para descubrir dichas zonas naturales. A las afueras de la ciudad hay un lago precioso al que fuimos a pasar algunos días el verano pasado y se ha convertido en una de mis favoritas. Los días más calurosos está lleno de familias y grupos de amigos que chapotean e incluso se bañan en la orilla. Para mí ese agua estaba peor que gélida pero, ya se sabe, todo es relativo. Me atraía más la idea de probar a ir en canoa porque, aun habiendo vivido siempre cerca de ríos y mar, nunca me había animado a darle una oportunidad a este deporte. A la derecha ves una foto que tomé en uno de los descansos.

Otro de los entornos a los que me he aficionado está detrás de casa. Tengo la suerte de situarme al lado de un parque con una pequeña montaña desde donde se ve prácticamente toda la ciudad. Al principio me chocaba este concepto de parque, ya que comparándolo con los parques municipales a los que estaba acostumbrada este me da la impresión de auténtico bosque, un oasis urbano. Se llama Keillers park y corresponde a la imagen inferior.

¡Ojalá duren estos días soleados!





jueves, 16 de marzo de 2017

Encantadores jardines urbanos

Le estamos cogiendo el gusto a esto de escaparnos algún que otro finde  a explorar las inmediaciones de nuestro nuevo hogar, así que a finales de la semana pasada fue el turno de Malmö, la tercera ciudad más grande de Suecia 

El viernes después de comer pusimos rumbo al sur sin desmesuradas expectativas ya que, aún tratándose de una de las poblaciones más famosas del país, éramos conscientes de que aquí las ciudades no suelen contar con tantos atractivos históricos en comparación con una buena parte de las europeas, además de que acostumbran a ser de menor tamaño. Fuera precisamente a raíz de ello o no, nos llevamos una impresión de lo más agradable. Los principales puntos de interés malmoguienses se encuentran concentrados cerca del centro o en el propio casco antiguo, cosa que facilita el llegar a pie a todas partes. Malmö es una localidad esencialmente marítima y desde sus orígenes se ha desarrollado orientada al agua, tendencia que se percibe paseando por el muelle. Una de sus particularidades más llamativas es que conserva edificios relativamente antiguos, característica que no abunda en otros municipios suecos, y manifiestan un estilo nórdico muy acogedor. Si a ello le sumamos las sobrias iglesias en piedra, alguna que otra escultura abstracta y el célebre rascacielos Turning Torso, la ciudad nos ofrece un panorama arquitectónico bien peculiar.  




También debo admitir que tuvimos una suerte descomunal con el tiempo. Aunque las horas de luz han ido aumentando desde mediados de febrero, por cada día soleado tienes diez nublados. De hecho, si no me fallan los cálculos, el sábado pasado fue el primer día del mes de marzo que pude disfrutar el contacto del sol en mi piel directamente. Por supuesto seguía haciendo un frío considerable, pero con unos suaves rayos de sol todo se lleva mejor. Así, recorrer las amplias calles de la ciudad y sentarse en la playa de Ribersborg daba un gustazo estupendo. La orilla estaba llena de gente paseando perretes y disfrutando de la vista del horizonte, donde me dio la sensación de distinguir tanto el puente que conecta con Dinamarca como la silueta del país vecino. 

Por otro lado, si algo destaco hasta ahora como uno de los detalles que más me gustan de las ciudades suecas son las abundantes zonas verdes. Están por todos los rincones y Malmö no supone una excepción. En su caso, una considerable parte de los parques son ni más ni menos que cementerios. Es algo que da qué pensar ya que, al menos hasta donde yo conozco la cultura española -incluso diría peninsular en general-, a un cementerio vas cuando se muere alguien o lógicamente asuntos relacionados con ello, pero no como excursión de disfrute. Vamos, en cualquier caso, no he visto hasta día de hoy a nadie hacer pícnic en dichos lugares, fenómeno que por el contrario aquí si se da.




De este modo, repartidos por el núcleo de la ciudad hay más de un recinto bien cuidado y presentado como jardín-cementerio, donde ves papás paseando a sus bebés en carrito, parejas tomando la fresca o niñas correteando. El que encuentras destacado en el mapa dirigido a turistas es el fotografiado aquí arriba, conocido como "el antiguo". Sin embargo, callejeando por uno de los barrios residenciales cercanos al centro fuimos a parar a uno enorme, que en cierta manera evocaba una atmósfera bucólica con simpáticos conejos saltando por la hierba en libertad.

Todos los que he visitado hasta ahora, incluyendo los de mi ciudad, parecen estar cuidadosamente planificados no sólo respecto a distribución del espacio sinó también cuanto a flora. Nunca faltan alegres florecillas en tonos amarillos y blancos, que dan vida al manto verde sin quitar protagonismo a las sencillas tumbas. Desde mi inevitable perspectiva de historiadora del arte dichos paseos adquieren un matiz fascinante, ya que disfruto fantaseando sobre cómo eran las vidas de aquellas personas que llevan ahí enterradas desde inicios del 1800. Del mismo modo, es curioso observar las esculturas que acompañan las tumbas menos austeras, mientras que otras siguen una sencilla tendencia fruto de la fe protestante de sus inquilinos.